Una profunda conciencia de que toda vida es sagrada es la base de todos los valores humanos, esta conciencia va más del respeto e incluso de la reverencia hacia una profunda solidaridad por toda vida que debe ser nutrida entre toda la gente como el mayor de los valores, construyendo puentes sobre la "grieta" que nos divide históricamente a los argentinos. Los líderes que tienen que tener la responsabilidad de construirlos, deben usar como elementos indispensables la nobleza, la sabiduría y la generosidad. Así como no se puede extinguir el fuego echándole nafta, tampoco se puede extinguir las malas acciones con más malas acciones. Todos formamos parte de esta tierra bendita que es nuestro país, donado gratuitamente para que todos cuidemos; florece allí donde uno ve al otro como uno mismo, sin culpas, sin juzgamientos, con compasión, que se caracteriza por el deseo de eliminar el sufrimiento y la desdicha de los más necesitados, los más vulnerables. Un buen político, gobernante, funcionario, juez, legislador, gremialista, religioso, etc. debe tener la generosidad, la ética y la moral suficiente para compartir, pues la verdadera prosperidad de un pueblo no se da con planes sino con un trabajo digno; es de dar para que cada persona sea parte del plan de prosperidad con igualdad, con el mismo derecho, de modo que se sienta parte del futuro para él y sus hijos. Por eso el modo de actuar de quienes tienen la responsabilidad de representarnos y administrar, debe ser el de dar, no de acaparar, sin mentiras ni falsas promesas; ayudar a quienes los necesitan sin intereses mezquinos, a los niños con hambre y sin educación, al anciano abandonado a su suerte, al pobre e indigente sin alimento ni techo donde refugiar a su familia, al enfermo desamparado sin obra social ni dinero. Tener una profunda convicción de que todos formamos parte de una misma república, partiendo de un espíritu que conduzca al sentimiento de unidad con toda la vida. Sentir una sensación de compromiso y de responsabilidad por aquello que percibimos como nuestro: nuestro cuerpo, nuestros hijos, nuestra familia, nuestras posiciones, reconociendo nuestra unidad con todo lo que significa vida, que nos da una sensación ampliamente expandida de lo que nos pertenece, ampliando también la sensación de compromiso y de responsabilidad para abarcar a toda la sociedad, a toda vida. La paz y la satisfacción son los distintivos del espíritu humano; son nuestra propia naturaleza, y deben ser nutridos y alimentados. La integridad, la honestidad y la sinceridad son virtudes que forman los cimientos del orden y de la justicia social.

Pablo José Giunta


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